jueves, 25 de marzo de 2010

Dejad que los niños se acerquen a mí

Ya lo dijo Jesucristo: dejad que los niños se acerquen a mí, ya lo creo que dijo si sus propios confesos no sólo lo repiten si no que intentan que sea una de sus máximas que nuestros niños se les acerquen y a ser posible que no se vayan, antes bien prefieren su compañía angelical, su inocencia para hacer de ella escarnio público durante años.

Años y años los curas, y los que no son eclesiásticos, se han interesado en la proximidad de niños y púberes de ambos sexos para practicar precisamente eso: sexo.

Todos lo sabemos, y también todos sabemos que no todos los esbirros de la religión cristiana se dedican a tan excelsos menesteres, pero sí son sabedores de esos actos, y consentidores. Miran hacia otro lado, se lavan las manos como Poncio Pilatos, y hacen oídos sordos y ojos ciegos, lenguas mudas y manos temblorosas,…, todo lo posible para que no salga a la luz lo que lleva años siendo conocido y no debilitado.

La pederastia en la iglesia parece un mal endémico como la regencia de burdeles en la antigua Roma, como ahora lo es sin duda la lucha contra el aborto, contra los métodos anticonceptivos. ¿Cómo, si no permitimos que nazcan nuestros retoños, van ellos a seguir manoseando, sobando y hollando a esas personitas sin fuerza para defenderse y sin la energía necesaria para luchar contra manos "santas" que les harán conocer el infierno de primera mano?
Resulta tan gracioso que si no fuese por el asco que me da esto, seguramente moriría de la risa.
Y todavía dicen que la Iglesia es hermandad ante todo, y todavía hay gente que celebra la Semana Santa y que cree ciegamente en algo que debería ser abolido para siempre de la historia de los humanos.
Yo no lo entiendo, pero aún así no me queda otra que respetar sus opiniones pero que no me pidan que comulgue con todas esas barbaridades que son tan afines a esta religión tan extendida como su fama consentida y velada.